En una cita bibliográfica, Violeta Bonilla (1926-1999) expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan otras cuatro naciones centroamericanas”

jueves, 30 de mayo de 2013

Escritor de la Diáspora: Grego Pineda

Escritor de la Diáspora: Grego Pineda
Sábado 25 / mayo / 2013 TRESMIL
Mario Escobar*

En 1992 se da por terminado un conflicto en la historia salvadoreña, y con ello se esperaba una nueva etapa cultural. Sin embargo, el fin de un conflicto dio inicio a una variedad de conflictos entre los cuales se encuentra la violencia de las maras, la fragmentación de los bloques de izquierda, el éxodo masivo de salvadoreños hacia Estados Unidos, y etc. El Salvador se encontraba y se encuentra fragmentado político, social, y culturalmente. Este es un país en donde las ideologías tanto de izquierda como de derecha se hicieron sentir, la americanización tomó su parte y aún mantiene control del imaginario salvadoreño. El país, a la distancia se nos presenta en cama como un paciente carente de sangre en un hospital sin doctores, que por falta de un orden práctico no puede mantenerse como una narrativa de coherencia, sino que, al contrario, se presenta como un espacio inhóspito. Por tanto, la poesía que resulta de este ambiente, al menos en la diáspora, en poetas como Grego Pineda, es una poesía que mantiene una visión en función del resultado de un distinto modus vivendi e interpretación cultural en evolución.

Vivir en un lugar distinto que constantemente cuestiona su identidad y su base cultural hace que el poeta Grego Pineda desarrolle un estilo propio. A diferencia de la poesía popular de los años setentas y ochentas que se prestó para una cultura revolucionaria, la poesía de Grego resalta las indignaciones sociales. Este poeta hace de su lengua un arma aguda para exponer el dolor del exilio, la soledad del espíritu atrapado en un mundo burocrático y tecnológico que amenazan con separar al individuo de su humanidad tal como lo muestra en el poema «El Password». Veamos:

La vida exige que introduzca mi password para activar los sistemas y programas de felicidad, paz y realización.
Escribí la contraseña que creía adecuada, personal y secreta; pero resultó no ser correcta. Lo intenté nuevamente y tampoco fue aceptada y en la entrada se leía: «inválido».
Insistí por tercera vez y el sistema se bloqueó y dictó: «acceso denegado y bloqueado por seguridad».
Al no recordar el abracadabra respectivo y desde entonces, vivo afuera tratando de encontrar esa palabra mágica.

La poesía que ha venido a quedarse en el corazón de este poeta, es una poesía que explora la condición existencial del estado humano de la diáspora salvadoreña. Grego es sin duda un artesano dedicado a cuidar de la palabra para responderle al mundo que lo marca descaradamente.

El lenguaje que nos comparte este poeta es contemporáneo dentro del contexto sociopolítico cultural salvadoreño. Es un lenguaje que lucha y se manifiesta en contra de esas fuerzas que amenazan con la deshumanización: guerras contra el terrorismo, la violencia de las maras, el éxodo de miles de compatriotas y la automatización del sentido conceptual por parte de la tecnología.

Al leer la poesía de Grego, el lector corre el riesgo de sentir y dejarse llevar por la desesperación existencial e ignorar el fuerte pesimismo inducido por las condiciones sociales y culturales que avasallan al autor. En el poema «A la vida» el poeta lanza una bofetada que apaga el bullicio que nos automatiza para que pensemos en todas aquellas cosas que en nuestro día a día nos olvidamos y no nos planteamos. El poeta nos invita a despertar, a terminar de romper con lo cotidiano. Ante su grito abrimos los ojos -debemos hacerlo-, desglosamos el cansancio de nuestro vocabulario y vamos al encuentro de su palabra, porque nos damos cuenta de que lo que dice el poeta tiene sentido:

Oblígame a confiar en ti… nuevamente:
Ódiame si desconfío.
Oblígame a burlar mi dolor con guiño evasivo:
Ódiame si me dueles.
Oblígame a insuflarme entusiasmo donde hay pesar:
Ódiame si enfermo de tristeza.
Oblígame a mirar la muerte como una reafirmación de ti:
Ódiame si me acuesto con la muerte.
Oblígame a mirarte a la cara y no odiarte:
Oblígame y Ódiame y así estamos a mano: ¡Traidora!

Así como el poeta le reclama a la vida, también se da el derecho para reclamarle a su patria. Pero ese reclamo no es un reclamo existencial, sino más bien es un reclamo forjado bajo las llamas de un pesimismo muy propio del poeta. Pesimismo que deriva de ese diálogo que el poeta mantiene con su patria. Es en este dialogo que hay que enfocarse, pues ese diálogo no sólo aporta nuevos y valiosos conceptos para el estudio de nuestra realidad en la diáspora, sino que ese conversatorio entre poeta y Estado, al ser analizado, realza un debate en torno al concepto que el «hermano lejano» mantiene sobre su patria, desde su exilio en Estados Unidos. En el poema «Mi Patria» emerge la fuerza de su voz que puede ser grito de protesta o tentativa de romper con el sentido nacionalista de los salvadoreños:

Te amé, es cierto.
Te amaba porque te necesitaba o quizá te necesitaba porque te amaba.
Ahora no estoy para emular a Shakespeare con su Ser o no Ser, así que ni siquiera entraré a aclararme lo escrito en la línea dos.
Y quizá hasta haya mentido en la línea uno.
Y es que no sé plantearme este amorfo afecto por ti. Y para colmo tienes un nombre irónico y sarcástico. Tú no salvas a nadie a pesar de ser «El Salvador». Si no fuera tan dolorosa tu Historia, hasta me daría risa disertar sobre tu pretensioso nombre.

La utilidad de este poema no sólo está en la relación entre poeta y Estado, sino que también está en la relación entre autor y lector. Es un poema que inicia exponiendo una ruptura amorosa pero luego se transfigura en un mensaje político que desenmascara una falsa realidad de amor entre ciudadano y Estado. Esta tendencia, predominante a lo largo de su poemario, estimula el pensamiento crítico necesario para cuestionar los procesos democráticos de una nación.

Grego Pineda es directo y no titubea en dar a conocer las injusticias cometidas por grandes funcionarios como lo fue el caso Dalton quien fue asesinado vilmente por Joaquín Villalobos y sus seguidores. Ese espíritu poético juega un papel importante para mantener la memoria histórica viva. En su poema «EL POETA Y EL COMANDANTE» el poeta tiene esto que decir:

El Comandante siempre quiso ser poeta. Y hay obra suya publicada en aquellos tiempos universitarios.
Sus versos no son malos, pero tampoco merecen comentarse. Fueron intentos simples. Trató de formar un grupo literario y no pudo. Luego quiso ser guerrillero para luchar por la justicia y la igualdad. Y en esas andanzas conoció al poeta y novelista. Cierto día, en una casa de seguridad clandestina, ambos conversaban sobre la vida, el amor, versos, antologías y corrientes poéticas, y el comandante se frustró tanto que sin mediar palabra disparó en la sien del ya famoso poeta. Salió del cuarto y ordenó con voz marcial a sus compañeros: ¡Desháganse de este poeta de mierda!
Y tampoco pudo.

En la poesía de Grego encontramos trazos paradójicos: el gozo de la vida encuentra dolor y muerte; el poder político se convierte en algo irrelevante para celebrar el valor del individuo. En suma, es una celebración a la libertad, la independencia de voz, el goce del amor, el desvelo por el ser querido, la reflexión filosófica, humanista e individual, bien provista de contenido y significado de nuestros días aquí en la diáspora salvadoreña de Estados Unidos.


*Mario Escobar, nació en El Salvador en 1978 y reside en Los Ángeles desde que tiene 12 años. Obtuvo su Licenciatura en la Universidad de Los Ángeles California (UCLA) y su Maestría en la Universidad Estatal de Arizona (ASU). Actualmente es candidato a Doctor en Literatura.

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