En una cita bibliográfica, Violeta Bonilla (1926-1999) expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan otras cuatro naciones centroamericanas”

martes, 4 de enero de 2011

MAURICIO FUNES, FARABUNDO MARTI, GUILLERMO DE OCKHAM Y EL TIEMPO DE QUEMAR LAS NAVES III - Paulino Espinoza.

Mauricio Funes, como candidato presidencial del FMLN, logró despertar un entusiasmo popular auténtico y espontáneo, sin precedentes en la historia reciente de El Salvador y que solamente tiene como antecedente el apoyo popular obtenido por Arturo Araujo durante su campaña presidencial a finales de 1930.


Su discurso y su mensaje de cambio, de trabajo por los sectores históricamente excluidos, sus aspiraciones por un mejor presente y futuro para nuestro país y su horizonte establecido a partir de la figura de Monseñor Romero, hicieron la diferencia no solamente con los discursos tradicionales de la derecha, sino también con las campañas electorales de nuestras izquierdas.

Ese entusiasmo popular quedó evidenciado de manera contundente con la reacción generada durante un partido de futbol en el Estadio Cuscatlán de San Salvador. Cuando los aficionados se percatan de la presencia del candidato ingresando a uno de los palcos (http://www.youtube.com/watch?v=qALKxTkY24o), se inicia un rumor que fue creciendo como una llamarada. El público inicia con un contacto personal, felicitándolo. Poco a poco se pasa de la palmadita en el hombro a un grito ¡Mauricio!, ¡Mauricio!, ¡Mauricio!, el estallido no para hasta convertirse en una consiga “el pueblo unido…”, exclamación que expresaba no solamente el deseo de cambio de todo un pueblo, sino el anuncio del nivel de compromiso y de responsabilidad de un hombre que representaba la vindicación de los anhelos acumulados durante casi un siglo.

Como comunicador Mauricio había logrado crear a lo largo de dos décadas un espacio único en la opinión pública salvadoreña y su lanzamiento como candidato significaba dejarla atrás para emprender un nuevo camino.

Si Ockham y Farabundo se vieron obligados, en su proceso de cambio, a romper con su formación académica y con los valores que les habían inculcado, Mauricio Funes debió, en ese proceso, reafirmar los principios y valores con que se forjó como un hombre de cara a la realidad histórica de su país.

En efecto, a principios de los años 70, el Colegio Externado San José, lugar donde estudió Mauricio, sufrió una profunda transformación. De ser una institución al servicio de un grupo de privilegiados pasó a convertirse en un colegio con una opción preferencial por los pobres, lo que, en ese contexto, significaba que el anuncio hecho por Cristo debía iluminar a los hombres y mujeres sobre su dignidad y con ello ayudarlos “en su liberación de toda carencia”, tal como lo establece el “Concilio Vaticano II” (1962 -1965) y la “II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano” del año 68 en Medellín.

Lo que buscaba la Iglesia Latinoamericana era un nuevo encuentro ente “el Padre y los hermanos” a partir de la vivencia de la “pobreza evangélica” en una Iglesia que necesitaba romper con su pasado a partir de una visión integral del ser humano.

Ambos acontecimiento (Vaticano II y Medellín) ocurrieron en momentos en que América Latina vivía una situación de opresión, miseria e injusticia, de violencia institucionalizada, de conflictos y luchas sociales y revolucionarias. En este contexto, la Iglesia latinoamericana buscaba comprender desde Medellín, el momento histórico a la luz de la Palabra de Cristo, lo cual solamente sería posible si los cristianos se comprometían con la transformación de la sociedad, con la solidaridad con los oprimidos, con el anuncio del Reino y con la protesta contra el pecado estructural.

Consecuente con esta situación, la Compañía de Jesús en El Salvador, no solo abrió las aulas del colegio a jóvenes de escasos recursos económicos sino también transformó sus planes de estudio, modificó el enfoque de contenidos y participó activamente en el debate político nacional, es decir, impulsó una evangelización de cara a la realidad salvadoreña.

De organizar actividades extraescolares como carreras de carros deportivos y concursos para elegir a la reina del equipo de BKB, el Externado pasó a hacer presentaciones de obras de teatro con un fuerte contenido social (Antonio Fernández, El Prisionero) y a la realización de festivales y conciertos. Por sus instalaciones pasaron artistas como los de los grupos Mahucutah, Sol del Río 32, El Sembrador y Nahuí; los cantautores Tamba Aragón (autor de “El planeta de los cerdos”) y Jorge Palencia; los argentinos 11 al Sur y el Quinteto Tiempo.

En el Externado surge el grupo Yolocamba I Ta, el cual recorrería más de treinta países en dos continentes en busca de solidaridad durante los años del conflicto armado.

Segundo Montes fundó la primera oficina de asistencia legal en el país: el Socorro Jurídico y “el colegio” prestaba su infraestructura como facilitador de encuentros comunitarios y políticos. De hecho, cuando en noviembre de 1980 militares secuestraron a los dirigentes del Frente Democrático Revolucionario, entre ellos Juan Chacón, Manuel Franco y Enrique Álvarez Córdoba, lo hicieron allanando el colegio.

En los años 70’s, Mauricio formó parte de un grupo de jóvenes –hombres y mujeres– del Externado y de otros colegios católicos, que desarrollaron una pasión particular por conocer y entender la realidad; con una especial sensibilidad y amor por la historia y la justicia, en la tradición del padre Cabello –que organizaba a los pobladores de tugurios como la Tutunichapa– o del padre Grande, que evangelizaba en Aguilares y en El Paisnal.

En este ambiente no era raro encontrarse en un pasillo del colegio a personas de la talla de Rutilio, Teto Samour, Roberto Cuéllar, Hato Hasbún, el “Negro” Galván, Jon de Cortina o Francisco Andrés Escobar.

En 1973, el colegio vivió un conflicto que se sale de sus anchos y grises muros y que golpea la conciencia nacional cuando un grupo de poderosos e influyentes padres de familia acusaron a los sacerdotes jesuitas y a los maestros de “adoctrinamiento marxista”. El colegio se defendió publicando en la prensa nacional un manifiesto titulado “El Externado piensa así” en el que se reafirmaba su compromiso con la excelencia educativa pero también con la lucha por la justicia y la doctrina social de la Iglesia.

En sus páginas se citó de manera contundente una frase del documento del “Vaticano II” la cual es a su vez una cita textual de una frase de Guillermo de Ockham escrita seis siglos atrás: en caso de necesidad, es lícito tomar de la riqueza ajena para garantizar la propia supervivencia. Esta frase impactó a muchos de los jóvenes externadistas de la época.

Mauricio, además de destacarse por su rendimiento académico, se distinguió participando y organizando los “cines forum”, un espacio para ver, analizar y comentar películas; haciendo análisis de coyuntura por medio de seguimiento periodístico en temas especializados como política, economía, realidad nacional y desarrollo del movimiento social.

De sus años de estudiante universitario se le recuerda reservado y pensativo, con sus camisas manga corta a cuadro, llevando consigo siempre algún libro y participando en reuniones con los gremios estudiantiles. Su sobriedad, que rayaba con la inexpresividad cuando se concentraba en sus lecturas, contrastaba con la pasión que desplegaba cuando participaba en los debates estudiantiles. Cuando él hablaba todos guardaban silencio; sus opiniones siempre tenían un sólido fundamento y sus exposiciones se desarrollaban con una estructura lógica irrefutable.

Su carrera como periodista estuvo marcada por los mismos elementos desarrollados en su juventud como estudiante: pasión por la verdad, rigor intelectual y sensibilidad social. Su carrera periodística creó un nuevo paradigma sobre el rol del comunicador en nuestro país y posibilitó una voz crítica y alternativa durante los años del conflicto. Indudablemente, su contribución a generar una opinión pública consciente y verdaderamente informada fue también un aporte al establecimiento de la paz en nuestro país en enero de 1992.

Es por esto que acciones del Presidente, en su calidad de Jefe de Estado, como el homenajear en noviembre de 2009 a los sacerdotes jesuitas asesinados en la UCA; pedir perdón a las víctimas del conflicto armado el 16 de enero; recordar el compromiso de tener a Monseñor Romero como guía espiritual de la nación y conmemorar su XXX Aniversario con diversos eventos y, más recientemente, el reconocimiento del papel del Estado en la negación sistemática de los derechos de los pueblos indígenas y el nombramiento de la Comisión Nacional de Pueblos Indígenas, no son sólo parte del cumplimiento a deudas históricas del Estado con la sociedad salvadoreña, sino que pueden entenderse como parte de una convicción y compromiso demostrado a lo largo de toda una vida.

Hoy nuestro país se enfrenta ante el reto de asumir el compromiso del cambio para construir una sociedad verdaderamente solidaria, participativa y democrática; de recomponer una institucionalidad acomodada por casi ocho décadas a los fines mezquinos de los gobiernos de derecha y ponerla al servicio de los fines del desarrollo de la persona humana, de las mujeres y hombres de carne y hueso que día a día se debaten entre la vida y la muerte y luchan por sobrevivir con dignidad.

Para ello todos y todas debemos “quemar nuestras naves”, lo que en este contexto significa poner por delante el fin superior de la colectividad, mirar al futuro con entusiasmo y cerrar las puertas al retorno a los esquemas de los gobiernos autoritarios y retrógrados.

Al fin y al cabo, el verdadero cambio revolucionario inicia con nosotros mismos, en nuestros propios corazones e inteligencias. El tiempo de “quemar las naves” y no dar marcha atrás es ahora.

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