En una cita bibliográfica, Violeta Bonilla (1926-1999) expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan otras cuatro naciones centroamericanas”

lunes, 26 de noviembre de 2012

Desde Puerto Santa Lucía: El mar. Mario Bencastro

Desde Puerto Santa Lucía: El mar.
Mario Bencastro. 25 de noviembre de 2012.

Otro día empieza en Puerto Santa Lucía con la ruidosa maquinaria de los
seres vivientes que tratan de competir con el estruendo del mar. Delfines y
gaviotas suman su esfuerzo con agudos cánticos. Radios y televisores
pregonan el fin del mundo según los mayas, bombardeos y tratados de paz. Las
tortugas guardan silencio. Los sonoros vozarrones de los buques de paso
truenan en la distancia. ¿Qué transportarán esas enormes naves? Acaso
objetos de consumo navideño de última moda procedentes del Lejano Oriente.
Tal vez una comunidad de ancianos obstinados en beber las aguas de la eterna
juventud, persiguiendo la ruta del conquistador Juan Ponce de León, quien en
1513 surcó estos mares en busca de la mitológica fuente de la vida eterna,
la que jamás encontró pero sí descubrió Florida. Siglos después un astuto
empresario comercializó el mito y construyó un manantial en San Agustín, no
muy lejos de Puerto Santa Lucía, bautizándolo como "La Fuente de la
Juventud", una atracción para inocentes que vienen de todos los rincones del
orbe a beber sus aguas, y emergen dos horas más viejos y con varios dólares
menos.  

A través del tiempo el mar ha sido surcado por las embarcaciones de grandes
y pequeños imperios, y ha dado origen a mitologías en las que se le venera
como una deidad, y su sonido representa un lenguaje sagrado. 

"El mar como un vasto cristal azogado,
refleja la lámina de un cielo cinc" (Rubén Darío)

El mar ha ejercido especial influencia en los poetas, empezando por Homero,
cuya Odisea es inimaginable sin el agua; tampoco las aventuras de Emilio
Salgari como Sandokán. Moby Dick no pudo haber sido concebida por Herman
Melville en la ausencia de ese enorme y profundo manto cristalino. La
bestial ballena blanca de Melville incluso inspiró El viejo y el mar de
Ernest Hemingway. Recordemos a Sófocles, cuyo sueño era relatar tragedias en
el anfiteatro, pero que su incesante tartamudeo le negaba esa gloria.
Decidió enfrentarse al mar, y con la boca llena de piedrecillas lanzó sus
gritos y lamentos a las olas hasta desmembrarse la lengua, ofreciendo a
ellas sus ensangrentados tartamudeos. El mar se compadeció de él y le
corrigió el habla. Así nació uno de los grandes poetas trágicos que continúa
asombrando a espectadores en todos los anfiteatros y tiempos con obras como
Edipo rey, Antífona y Electra. A la memoria también viene Alfonsina Storni
quien, seducida por la espuma de las olas, se enamoró de Poseidón y a él
entregó su cuerpo, su alma y su último verso, en Mar del Plata.  

"Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
que si no fuera un mar, bien sería otro cielo." (Alfredo Espino)

Otras mitologías narran personajes que han logrado andar sobre el mar, y que
incluso han partido sus aguas. Tristes son las palabras postreras de Simón
Bolívar que describen el fracaso de su sueño a pesar de toda una vida de
mortales batallas a favor de la libertad de sus hermanos: "He arado en el
mar".

"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar" (Jorge Manrique)

Entre todos los ruidos de Puerto Santa Lucía, la voz del hombre es el más
débil e incapaz de competir con el aluvión sinfónico del mar. Los argumentos
maliciosos y falaces del político se atascan en la arena. Las palabras del
fanático religioso rebotan en las olas. La tinta de los tratados de paz a
favor del más fuerte se diluye en el agua salada. Dicen que en el cementerio
mueren las palabras; ante el mar, el esfuerzo gutural no llega a susurro; el
océano juega con el rimbombante verbo humano y le impone su gramática
monosilábica.

El mar ha sido testigo de incontables imperios, navegantes, búsquedas y
odiseas que no han logrado doblegarlo, mucho menos opacar su sinfonía
triunfal, que noche y día se escucha en Puerto Santa Lucía.


© Mario Bencastro (El Salvador, 1949) es autor de obras premiadas traducidas
a varios idiomas que exploran el drama de la guerra civil salvadoreña y la
diáspora de inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos y Australia.

www.MarioBencastro.org <http://www.mariobencastro.org/

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