En una cita bibliográfica, Violeta Bonilla (1926-1999) expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan otras cuatro naciones centroamericanas”

martes, 13 de septiembre de 2011

CON ESTE PUEBLO NO CUESTA SER PASTOR- UNA REFLEXION PARA LOS HIPOCRITAS Y DEMAGOGOS

Con este pueblo no cuesta ser Pastor

José M. Tojeira 

Todos conocemos la famosa frase de Monseñor Romero cuando, en medio de los insultos y persecuciones le preguntaban si le costaba ser obispo. Él respondió inmediatamente que con este pueblo no cuesta ser pastor. La frase quedó clavada en la conciencia salvadoreña, recordando por un lado a nuestro arzobispo mártir, y por otra a tantos y tantas salvadoreñas abnegados, trabajadores y deseosos de vivir con dignidad y hacer el bien.

Hoy, muchos años después, podemos retomar la frase de Mons. Romero para comentar uno de los resultados deportivos que más han impactado al conjunto de la ciudadanía en estos días. Sencillos y humildes pescadores de la isla de la Pirraya han estado cerca de ganar el campeonato mundial de fútbol playa. Y ello ha arrancado legítimos de gritos de alegría y orgullo, alabanzas, comentarios e incluso patrocinios y financiamientos comerciales. Pero también ha llamado a la reflexión de mucha gente que ve en este acontecimiento algunos de los rasgos típicos del accionar de quienes tienen poder, dinero e influencia.

El triunfo de estos pescadores es de todos los salvadoreños. De El Salvador, podemos decir. Pero es sobre todo el triunfo de gente sencilla que se esfuerza por vivir con alegría en medio de sus dificultades, que juegan fútbol en la playa desde pequeños, que no han sido apadrinados por nadie durante mucho tiempo y por quienes se apostaba poco o muy poco. Sin embargo esta gente nos ha dado una lección a todos. Lo que no ha conseguido nunca la federación nacional de fútbol, con financiamiento oficial, con personalidades del dinero o de la política al frente de ellas, lo ha conseguido gente sencilla a la que hasta hace muy poco casi no se la tenía en cuenta.

En otras palabras, que tenemos un gran pueblo, pero que somos incapaces de invertir en él adecuadamente. Nos sumamos alegremente al triunfo de los sencillos, y ellos, por que son buenos, nos aceptan. Pero la generosidad oficial con ellos ha sido muy poca desde sus inicios. Y lo que El Salvador necesita, aunque sea legítimo, no es que nos alegremos con el triunfo del emigrante en Estados Unidos, o con el éxito del jokey sobre patines de Huargila en los juegos Centroamericanos y del Caribe, o con los pescadores de la Pirraya en esta verdadera lección de fuerza de los pobres. Lo que es legítimo, lo que corresponde a nuestras obligaciones éticas, es que nos preocupemos de los pobres cuando están luchando por triunfar. Ahí, con crédito para el campesino agricultor, con apoyo al pescador artesanal, en tantos aspectos marginado y olvidado, con uniformes, balones y entrenadores de diversos deportes para los niños de los cantones, con centros de salud y educación bien dotados para quienes componen la base de nuestra pirámide social.

El pueblo salvadoreño es bueno y valioso. Los sabemos de siempre viendo su capacidad emprendedora, su fuerza y energía para enfrentar retos difíciles y salir airosos de problemas y dificultades. Podemos y debemos alegrarnos con sus triunfos. Pero recordar a los pobres y sencillos sólo cuando tienen éxito puede tener una carga de hipocresía demasiado fuerte, especialmente cuando son los gobiernos y los ricos los que sacan pecho. Porque no se puede presumir de un pueblo con grandes virtudes cuando simultáneamente lo mantenemos en condiciones salariales mayoritariamente injustas, cuando mantenemos un sistema de salud doble que atiende más y mejor al que tiene dinero que al que no lo tiene, cuando nuestro sistema educativo no permite graduarse de bachiller al 60% de la población, o cuando la vivienda popular carece de servicio adecuado de agua en muy altos porcentajes.

Nuestro pueblo es bueno. Ya lo dijo Mons. Romero. Pero la diferencia respecto a algunos poderosos que hoy multiplican sus alabanzas, es que Mons. Romero dio su vida por el pueblo y por sus derechos a una vida más digna cuando estaba siendo maltratado y masacrado. Los poderosos, políticos o económicos, que hoy ensalzan a los pescadores sencillos de la Pirraya, buscan sacar provecho económico o político de su relación con estos magníficos salvadoreños. Y no es que eso sea malo. Pero puede ser hipócrita cuando nos negamos a pagar más impuestos para favorecer el bienestar de los más pobres, o cuando como gobierno no damos los pasos a favor del desarrollo a la velocidad necesaria.


Sólo los pobres y los sencillos, los solidarios y los que tienen hambre y sed de justicia se alegran hoy con autenticidad. Los demás, deberían aprender a ser solidarios con los pobres desde el principio, solidarios en la salud, la educación, la vivienda, el salario justo y decente por el trabajo. De no ser así podemos quedar en vana exaltación, hipócrita y engañadora, que aprovecha la ocasión para sus propios fines y sigue después olvidándose de los pobres. Tan cerca como estamos del 15 de Septiembre, deberíamos recordar que independencia es una palabra que sólo se escribe con desarrollo social, justicia distributiva, seguridad ciudadana y victoria sobre la violencia y la impunidad.
http://www.diariocolatino.com/es/20110913/opiniones/96485/Con-este-pueblo--no-cuesta-ser-Pastor.htm

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