En una cita bibliográfica, Violeta Bonilla (1926-1999) expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan otras cuatro naciones centroamericanas”

miércoles, 3 de agosto de 2011

NOTAS DESDE EL PULGARCITO- LAS REMESAS Y LA CULTURA UN DIA DESAPARECERAN

¿Quiénes y cómo somos los salvadoreños en el extranjero?



Jorge Castellón (*)


HOUSTON - La definición de nuestra identidad nacional es una tarea compleja en la que uno está obligado, como en el caso de todo aquello que se refiere a la cultura humana, de ir a la zaga de las trasformaciones cotidianas que en el amplio escenario de la vida de las personas y los grupos que conforman una nación, se producen.

El mismo concepto de nación es entendido de suyo de diferente manera. Este concepto parece estar anquilosado a una idea muy tradicional de un territorio, un idioma, una religión y unos símbolos patrios. Por lo tanto, el concepto mismo de nacionalidad, también debiese desprenderse de su más llano significado: país de origen de una persona.

La realidad histórica de la población salvadoreña, caracterizada por esa marcada necesidad migratoria, obliga a pensar el concepto de nación y de cultura –en relación a esa población- con mayor complejidad. Estamos ante un grupo humano, que ya no pertenece a un territorio preciso, a un único lugar geográfico. Esta población está desde hace tres décadas, diseminada por el mundo entero, y ha consolidado grupos poblacionales bien definidos al seno de diferentes territorios en Norte América, Europa y Oceanía principalmente. El territorio, por lo tanto es para esta población, un sitio multi- geográfico, sobre el que se mueve y vive.

La existencia de cerca de 3 millones de personas nacidas en territorio salvadoreño, pero viviendo en diferentes países del mundo, crea una realidad cultural muy compleja que no ha sido aun dimensionada a mediano y largo plazo, en sus múltiples aspectos: lingüísticos, religiosos, académicos, culturales y sociales, económicos y políticos.

De esta suerte, la población salvadoreña, en la realidad es una población no solo bilingüe (que habla español e inglés), sino, multilingüe. Una enorme cantidad de personas que se reconocen como salvadoreñas -y sus hijos e hijas- participan de lenguajes como el danés, el sueco, el francés, el ruso, entre otros.

Si bien es cierto, esta población tiende a concentrarse en localidades precisas, cosa muy natural en todo grupo humano, y a establecer relaciones sociales, comerciales y familiares al seno casi exclusivo de ese grupo, se van produciendo procesos de vinculación con otras culturas que no dejan de ser importantes. Así, está esta población, no solo en contacto con diferentes ambientes culturales y sociales (normas, valores, costumbres, etc.), sino, estableciendo vínculos consanguíneos con personas de diferentes grupos étnicos y nacionales. Esto ha ido creando una compleja estructura generacional de salvadoreños/as, principalmente, quizás, entre esa segunda generación, los que son menores de 30 años, y que desde muy pequeños han emigrado a reunirse con sus padre, madre, o con algún miembro de su familia.

Estos, a la par que han mantenido todavía un contacto más o menos cercano con su lugar de origen, gracias a ese nexo cultural inmediato que la primera generación les crea, han expandido sus nexos familiares con personas de diferentes lenguajes, culturas y religiones.

No obstante, hay ya una tercera generación, cuyo vínculo con el lugar de origen de sus abuelos, es ya muy débil y que van perteneciendo a una generación difusa en su origen étnico-cultural, teniendo como característica, entre otras cosas, una paulatina pérdida del español como primera lengua. Son estos miembros generacionales, que ahora viven su adolescencia y su niñez, los que se están ya convirtiendo en descendientes de población salvadoreña que no habla el español.

Una ventaja cultural de esta tercera generación es su capacidad de integrarse a los diferentes sistemas de la cultura donde han nacido, principalmente la cultura escolar. En otras palabras: la primera generación por lo general fue una generación que emigró adulta y que no hizo uso del sistema educativo en el nuevo país de residencia, o mejor, que nunca recibieron educación formal en el nuevo sistema, y que han sostenido a sus familias a través del trabajo más duro y el peor remunerado.

La segunda generación, son aquellos niños y niñas, que emigraron y que fueron, con todas las dificultades posibles, insertándose en el nuevo sistema educativo, y que contaron, dada la barrera del lenguaje, y particularmente del lenguaje académico, con poco apoyo para sus actividades, demandas y tareas escolares por parte de sus padres o encargados. Esto crea y sigue creando – por lo menos en los Estados Unidos- dificultades para graduarse de la escuela secundaria (bachillerato) y alcanzar los estándares, que para la población en general de aquel país, el sistema educativo al que llegaron, crea. Consecuentemente sus opciones laborales mejoran tan solo en la medida que aprenden de mejor manera un segundo idioma y algunas herramientas técnicas-laborales.

La tercera generación, ha capitalizado ya, una experiencia cultural y educativa que sus padres con esfuerzo han atravesado, pero, como ya se dijo, está esta última cada vez más lejos de su origen familiar y cultural. No obstante, es esta generación la que mayores posibilidades posee de convertirse en fuerza laboral altamente calificada y súper-especializada, así como en una fuerza intelectual significativa de nietos de salvadoreños/as que un día emigraron.

Esas posibilidades dependerán, por un lado, del apoyo y las expectativas familiares, de los valores que en relación a la educación se posean. Y dependerá, desde luego, de las posibilidades económicas que les permitan el acceso a los recursos de tiempo y dinero que la educación superior requiere.

Dentro de 20 o 25 años, probablemente, este inmenso contingente de personas – hoy niños y adolescentes- pertenecientes a este tercer grupo, siendo ya una fuerza económicamente activa y productiva, no han de tener ya ningún vínculo en lo social, en lo familiar, en lo económico y en lo cultural con El Salvador, lo que afectará, entre oras cosas, la economía de remesas que hoy sustenta la economía nacional -de consumo- que el país posee.

Es esta una descripción muy general, un dibujo a grosso modo, de un realidad altamente dinámica y cambiante, en que cada familia reinicia un ciclo que se repite permanentemente y que tiene múltiples condicionamientos, principalmente, el origen social de la persona salvadoreña que emigra. Lo que se ha dicho está más en relación con la emigración que se inicia y produce al seno de las grandes mayorías pobres del país.

http://www.contrapunto.com.sv/colaboradores/quienes-y-como-somos-los-salvadorenos-en-el-extranjero

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