En una cita bibliográfica, Violeta Bonilla (1926-1999) expresa sobre el significado de la figura: “Quise representar un hombre sin ataduras, sus manos sueltas expresan la libertad intangible, y los cuatro picos del fondo representan otras cuatro naciones centroamericanas”

jueves, 26 de julio de 2012

CARTA A UN CORRUPTO


Cualquier similitud con los corruptos de mi país es mera coincidencia, casualidad y/o un desliz del destino. Favor de no resentirse por que no tienen nada que envidiar a los corruptos de otras naciones. 



CARTA A UN CORRUPTO (Solo para lectores honestos, con amor por Colombia)


Despreciable señor:

Quiero expresarle, en nombre de 47 millones de colombianos, el dolor que sentimos; y los problemas que padecemos todos, por su maldita maña de apoderarse de lo ajeno.

Ignoro si a esta hora planea algún desfalco a la salud, la educación o las pensiones; si conspira con otros corruptos para deshacerse de un funcionario correcto e incómodo para sus fechorías, o si se desplaza por la ciudad en una camioneta blindada y escoltada por varios hombres pagados con mis impuestos; pero donde esté, le quiero hacer llegar este sentimiento colectivo de rabia hacia lo que usted asquerosamente representa.

Sé que en sus adentros justifica el ser hampón con frases como: «Si no lo hago yo, lo hace otro»; «Este cuartico de hora no dura»; «Más pendejo es no aprovechar las oportunidades que me da la vida, este cargo no es para siempre». Estas frases suelen hacer carrera en un país de ignorantes, donde pasar por la Administración pública sin amasar una fortuna, mal habida, es sinónimo de pusilanimidad. 

Pero se equivoca usted, delincuente. No es la vida la que le da las oportunidades de ser famoso y rico. Somos los colombianos de bien, confiados en su honesta gestión los que le brindamos esa privilegiada oportunidad de ser importante y obtener dinero honradamente. Otra cosa es que usted la desperdicia porque el poder lo enceguece y la ambición lo carcome.

El día de su elección miles de ciudadanos nos levantamos, tomamos un transporte y acudimos a hacer fila frente a una urna para depositar un voto de fe a nombre suyo. Siempre con la esperanza de que usted gane para que gestione bienestar para la población. Y siempre nos equivocamos. Usted termina gestionando bienestar para su familia, sus amigos y cercanos. Cuando no capta nuestros votos de conciencia, los compra. Se va por los barrios pobres comprando miserables a punta de aguardiente, camisetas, tamales, promesas de empleo y vivienda; y lo hace casi siempre con dinero en efectivo. Con veinte mil o cincuenta mil pesitos le arrebata, por 4 años, la posibilidad a una persona de captar los recursos que el Estado redistribuye entre los pobres. Porque una vez suba, va a impedir que el dinero de la salud, las vías, los servicios públicos o la educación lleguen a sus legítimos dueños. Y como no llega el bienestar, la educación empieza a fallar, las familias en su angustia por sostener sus hogares descuidan a los hijos, y estos hijos, muchas veces, terminan en la delincuencia, cuando no en las filas del paramilitarismo o la guerrilla. Y desde sus orillas delincuenciales, a las que usted los abocó, empiezan a destruir el país. Ponen bombas, asesinan inocentes, trafican con drogas, acaban poblaciones, arrasan con la tierra fértil cultivando coca o amapola, meten en sus filas de guerra a niños que deberían estar engrandeciendo la patria con su ingenio.

Y todas estas vidas desperdiciadas, y todos estos muertos pagan sus bebidas, los perfumes con los que se impregna de falsa simpatía, la ropa de marca que le compra a sus hijos y a su cónyuge. Todos estos crímenes, y todo este dolor que sienten las familias arrasadas por la violencia son culpa suya, señor corrupto. Culpa directa. ¡Pagará por ellos!

Por eso, cuando viaje, cuando esté sentado con los suyos en los cómodos sillones de primera clase de un avión, asómese por la ventanilla de la nave y observe el verde, la riqueza y esos caudalosos ríos serpenteando por entre la inmensa grandeza de nuestro país, ese país que usted destruye con su maldad y su podredumbre mental.

Piense y recuerde que esos tiquetes, esos dólares que lleva en el bolsillo para jugarlos en los casinos o gastarlos en lujosos hoteles y grandes banquetes, le pertenecen a esa gente que toma agua de los ríos o come de las basuras. Esos miserables que se paran en los semáforos con sus familias desplazadas por violentos y corruptos ambiciosos como usted. Es el dinero de los pobres, los que votan por usted, los que lo llevan a lugares de privilegio con la esperanza de que usted les solucione los problemas. Esos pobres que desayunan con agua de panela y un pan. Esos pobres que sufren mirando en las vitrinas los carros, las ropas y los zapatos que nunca podrán comprar. Esos pobres que no salen a pasear más allá de los parques de la ciudad. Esos pobres que empeñan sus cositas para suplir una urgencia en sus casas. Esos pobres que atraviesan la ciudad apretujados en un bus, para llevar hojas de vida con la esperanza de un empleo. Hojas de vida que cuando llegan a su despacho son lanzadas a la caneca de la basura, con un comentario como este: «¡Qué tipo tan cansón, dígale que estoy en una reunión!». Porque así termina, burlándose de esos pobres que lo tienen comiendo caviar, vistiendo Armani o Hugo Boss, educando a sus hijos en Harvard o paseando por el mundo. Esos pobres que luego usted y sus colegas corruptos maldicen en la televisión cuando cometen algún desmán.

Le queda esta reflexión, miserable ladrón. Porque si aquí en la Tierra se salva de la cárcel comprando jueces, sobornando fiscales y hasta matando testigos, en algún lugar, llámese cielo, más allá, purgatorio, infierno o cuarta dimensión habrá alguien esperándolo para enjuiciarlo. Ya no con jueces sobornables. Ya no con la consideración de su investidura. Ya no bajo leyes politizadas, laxas, ni inmunidad y menos impunidad. Se trata del Juicio de Dios, ese del que nadie escapa porque su ley es una sola. El que la hace la paga. Y lo que usted ha hecho, no solo no ayuda a los pobres, como es su deber, sino a quitarles, que cosa tan cruel y despiadada, se paga triple.

Para despedirme, reprimiendo un nudo de insultos de grueso calibre en la garganta, le quiero decir, en nombre de la gente decente de mi país, que es usted el cáncer de la sociedad, el sida de la Administración pública, la sífilis del erario, la vergüenza de un país, la escoria humana de este planeta, un bollo perfumado. Relea este último párrafo para que nunca se sienta menos. Es usted un buitre carroñero que le sacará las tripas a su propia madre, cuando no tenga con qué pagarse los gustos a los que la democracia boba que vivimos lo tiene acostumbrado.

Si después de leer esta carta siente deseos de morirse, cosa que descarto porque no goza ya de una pizca de conciencia, no pierda el impulso. Seres como usted no son dignos de habitar este reino, este paraíso que usted mismo quiere convertir en muladar.

Lo esperamos en las próximas elecciones con la nueva sonrisa que le diseñen sus asesores de imagen. Con su cara cínica y una pose de héroe nacional en afiches, vallas y pancartas. Lo esperamos con sus nuevas promesas o lemas como: «No más corrupción, no más injusticia social, o no más violencia». El subtexto dirá que es usted lo que este país necesita. Vuelva en época electoral. Lo queremos ver de nuevo tomándose fotos con niños de cara sucia, comiendo en casas humildes sin disimular el asco, abrazando ancianas mal olientes, llevando médicos y odontólogos a barrios pobres y comunidades indígenas. Traiga su mochila con muchos fajos de dinero. La gente que usted mal educa y pone a aguantar hambre le va a recibir los veinte o cincuenta mil pesitos por su voto. Rómpales con humillación su derecho más sagrado, el de elegir. Úntese de pobres por 3 o 4 meses aunque llegue a su casa a desinfectarse en la ducha. Dígales mentiras, todas las posibles, porque usted sabe que si los políticos dijeran la verdad ninguno saldría elegido. Ejecute a los empleados de su cuota burocrática exigiéndoles 50 votos a cada uno, si no quieren perder el puesto. Haga alianzas con el diablo para multiplicar su poder. No olvide que la política en este país da más plata que la coca. Ah, y no tenga miedo de perder sus privilegios, sus escandalosos salarios, sus numerosas primas y gabelas, sus ofensivas pensiones, y hasta el pago de sus viajes, sus celulares y sus carros por cuenta de nuestros impuestos, porque saldrá elegido nuevamente. No le quepa duda. Porque si los zarrapastrosos le fallan, siempre habrá un registrador municipal o local, o un funcionario de la Registraduría, tan corrupto como usted, dispuesto a venderle, en bloque, los cientos o los miles de votos que le hagan falta.

Y cuando se siente en el trono, amanguálese con los corruptos de otras ramas y acaben con las leyes, los decretos o las normas que los perjudican judicialmente. Elija sus propios jueces, invente nuevas trampas jurídicas que lo blinden de sus fechorías y legisle para destrozar los controles que le impiden robar y matar con mayor impunidad. Y si se llega a caer, por aquellas cosas extrañas de la vida, tampoco tema. Pagará la irrisoria condena en su mansión, bronceándose en la piscina en medio de juergas y negocios sucios.

Ah, y no siga heredando sus malas costumbres a sus hijos. Ya los ve uno por las ciudades en sus carros lujosos sobornando a policías, conduciendo ebrios y pisoteando a los humildes con su cultura traqueta de intimidación y opulencia. Son sus hijos, su propia sangre. Los últimos a los que un padre debería enseñar tan terribles prácticas.

Le diría: hasta luego, hijo de puta, pero su madre no tiene la culpa de haber parido una bestia tan monstruosa. Dejémoslo en: lo espero en mi casa o en mi trabajo con los de la moto.

GUSTAVO BOLÍVAR MORENO

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